TALLER, PLAYAS Y ENCUENTROS (24/05/2022)

Abandonamos el que ha sido nuestro campamento durante varios días y nos despedimos de nuestros amigos franceses poniendo rumbo al taller que nos ha recomendado Cecil.

Salir de la gran urbe nos lleva casi una hora, es increíble la que hay montada a las afueras del centro, cientos de edificios, que brotan de la tierra, muchos de ellos  en zonas casi sin urbanizar alrededor. Tenemos la sensación y por lo que nos ha contado Cecil y algún que otro turco, que esto va a pegar una explosión y entrarán en una gran crisis, posiblemente como la que tuvimos en el 2008, porque no termina de encajar que haya ese boom inmobiliario tan tremendo, que la lira turca esté por los suelos y que el sueldo medio sean unos 350 €/mensuales. ¡Que Alá los pille confesados!

Llegamos a un poblado y el GPS nos conduce  por una calle que termina de repente en un enorme campo donde están la vacas pastando.

  • Pues aquí es –dice Jose.
  • Jajajaj –me da la risa.

Justo a la vuelta de una nave, vemos un rótulo que indica que estamos en el sitio correcto. En seguida, sale un hombre con un pañuelo en la cabeza tipo chileno, como lo bautizamos en nuestro paso por Chile.

Duman, no habla nada de inglés, pero como ya le habíamos dicho por mensaje que se trataba del frigo, sin muchas dilaciones se pone directamente manos a la obra.

Desmonta la rejilla, y todo el sistema que conduce el gas hasta llegar a su destino. Justo en ese momento, aparece la que creemos es su mujer que no para de hablarme y me lleva a un banco que hay delante de la puerta de su casa donde penga un buen solanero. ¿Qué hago, me quedo y me achicharro, o me voy cortésmente de nuevo al escalón donde había sombra?

Parece ser que el problema es que se ha acumulado suciedad del gas en los conductos de paso.  Perooo si nos limpiaron hace un mes en Grecia , que raro. A través del traductor google, se establece una comunicación dentro de lo que cabe fluida donde le comentamos a Duman que no debería estar sucio, pero el sigue en sus trece y limpia todo sistema y vuelve a poner en marcha el frigo que se enciende a la primera.

A todo esto siguen con su conversación a través del traductor y francamente es muy divertido. En este caso la tecnología nos ha hecho un gran favor.

Cuando ya vamos a pagarle, aparece su mujer y su suegra y nos dicen que las acompañemos. Nos conducen por un pasillo hasta una cocina donde nos han preparado un desayuno turco con queso, ensalada, huevos revueltos y no sé cuántos platos más, ¡qué fuerte! Esto no nos lo esperábamos, su perra no para de lanzarse a la mesa a ver si pilla algo, pero Duman, le echa una mirada y enseguida con las orejas gachas retira su lengua dejando un mar de babas sobre el tablero.

Mientras desayunamos conversamos un poco de todo a través del traductor, esta es una escena francamente para el recuerdo, que gente más encantadora.

Después del desayuno, volvemos al taller y Duman nos enseña su caravana y nos comenta que hay bastante gente que tiene una en Turquía, pues esto es algo que tampoco esperábamos porque no son baratas, ¿cómo se las apañan para pagarlas…?

Pero lo más fuerte de todo es el coste de la reparación, 5€. Decidimos darle 10€ y se queda más contento que unas pascuas, y nosotros por supuesto con esta encantadora familia.

Ponemos rumbo no sabemos muy bien a donde, pero no importa, porque nos hemos quitado dos pesos de encima, uno Estambul, que nos ha dejado agotados y a mí la espalda tocada y el otro el frigo,  que ya está arreglado, así que con peso pluma vamos rumbo a alguna playita del Egeo.

Nos encontramos en el mismísimo estrecho de Dardanelos, que con 65 km de longitud y 1600 m de anchura,  Gerges I rey de Persia, en el año 481 aC formó un puente con naves para que todo su ejército pudiera atravesarlo en su conquista a Grecia. Siglos más tarde, en el 150 aC, Alejandro Magno lo haría en su conquista del continente asiático. Nosotros lo tenemos más fácil puesto que el puente ya está construido, y con una sonrisa de oreja a oreja a pesar de que nos ha sacudido un buen peaje, comenzamos nuestra conquista del nuevo continente.

Dejamos la carretera, y tomamos un camino de tierra con algunas casitas a uno de los lados del camino y al otro, cultivos.

A lo lejos, vemos a unas señoras en el camino, pero conforme nos acercamos se alejan entrando al porche de una de las casas desde donde nos observan. Una de ellas que conduce un motocarro, permanece en medio de nuestro paso y nos hace el alto. ¿Qué pasará? Nos preguntamos.

Con un look bastante tradicional, pañuelo en la cabeza, falda larga y una chaqueta, a esta señora parece que le hayan dado cuerda. No entendemos ni papa de lo que nos dice, con lo que decide colocarnos en las manos dos docenas de huevos en un cartón.

Jajaja, me da la risa, pero ¿Dónde vamos a meter esto? Intentamos convencerla de que no podemos meter tanto huevo en La Española, y por suerte nos deja quedarnos con la mitad, porque está muy empeñada en que nos los llevemos todos, pero no ha hecho mal trato porque a pesar de llevarnos sólo una docena, nos ha cobrado como si fueran dos, pero a nosotros nos viene de perlas porque tenemos la despensa vacía y no hemos visto ninguna tienda o super.

Al final del camino, junto a un acantilado, aparcamos nuestra casa, sacamos el campamento y nos hacemos unos huevos revueltos que nos saben a gloria en este maravilloso lugar. De repente, junto a mis pies, veo una cabecita que sale de la tierra,  que graciosa es una marmota que estará pensando que le hemos invadido el terreno. Poco después nos damos cuenta que hay decenas de ellas que van agujero en agujero correteado.

A pesar de que puede parecer que la vida viajando es desorganizada, nosotros tenemos algunas rutinas que son sagradas, y una es la siesta. Da igual la hora a la que comamos, que muchas veces depende de la facilidad para encontrar un lugar, pero después esa cabezadita que puede llegar a durar horas, no nos la quita nadie.

Entresueños, oigo algunas voces, y veo a través de la ventana a unas chicas conversando. Cuando nos despertamos salimos a tomar un café y vemos unas furgonetas aparcadas en otro extremo del acantilado y un 4x4 con una tienda enfrente nuestro pero a lo lejos.

Es cuestión de minutos que una pareja con su perrita nos aborde, y digo esto porque la chica lleva un teléfono en la mano y nos está grabando sin ni siquiera haber preguntado. Esto es un asalto cámara en mano. Creo que me ve con cara de que no me está haciendo gracia y me pregunta en inglés.

  • ¿Te importa?
  • Pues hombre voy sin sujetador –le respondo.

Está tan entusiasmada con La Española, que hace caso omiso de mi respuesta y entra en nuestra casita con el arma mediática.

Mientras ella exclama lo mucho que le encanta nuestro vehículo y lo mucho que le gustaría tener uno como este, el chico refunfuña diciendo todo lo contrario y no para de poner pegas a todo. ¡Vaya situación para después de la siesta!

Una vez que ya lo han grabado todo y soltado todo lo que tenían que soltar, se van a darse un chapuzón.

Nosotros nos relajamos y disfrutamos de las vistas. En unas horas, comienza la caída del sol y aparca un coche junto a nuestra casa, son dos fotógrafos que sacan sus cámaras, drones y demás artilugios para inmortalizar este magnífico momento del día.

Se acercan también unas chicas turcas que están viajando en camper, de hecho una de ellas vive con su novio desde hace unos meses. Parece que la fiebre camper se ha extendido a tierras turcas. Pedimos a estos fotógrafos que nos inmortalicen con la maravillosa puesta de sol y la verdad que nos sacan unos fotones.

               

Cuando el último rayo se esconde, se acerca la chica que nos estuvo grabando para invitarnos a tomar vino con ellos. Pues vale, aunque me dan miedo estos dos.

Mario y Sandra son una pareja polaca de nuestra quinta que llevan viviendo en la carretera un año y no tienen ninguna intención de volver a Londres, la ciudad que ha sido su residencia durante muchos años.

Ella tiene un hijo de veinte años, pero parece ser que la relación con él no es demasiado buena y él tiene una perra. Dejaron sus trabajos y vendieron la casa de Londres, que posiblemente les habrá llenado los bolsillos para una buena temporada.

Con copa de vino en mano, le damos un repaso a todos los temas habidos y por haber mientras las botellas van cayendo jajaja, lo cierto es que son bastante peculiares pero sin duda Mario está como una verdadera cabra. Pasamos una velada de risas como hacía tiempo no compartíamos con otros viajeros y más que contentos con vamos a dormir.                                                                                                          Por la mañana, después de otra sesión de grabación de vídeo y fotografía nos despedimos de nuestros nuevos amigos y ponemos rumbo sur.

             

             

Yo sigo con la espalda un tanto fastidiada y hemos parado en una farmacia a comprar alguna pomada y antiinflamatorios. No tenemos muy claro que visitar puesto que realmente lo que necesito es descanso.

Junto a Çanakale, paramos para comer junto al mar y unos cañones tremendos a nuestro lado nos sorprenden. Son los suvenires que quedan de la Primera Guerra Mundial. Aquí se libraron  durante 9 años muchas batallas entre Otomanos y Aliados,  siendo finalmente los turcos los vencedores de esta larga y sangrienta guerra que tantas vidas se llevó por delante. Si no fuera por la basura que hay por todos lados, el sitio tendría su encanto, pero por desgracia, este es un mal que tardará años en erradicarse.

Un par de perros se nos unen a la hora de comer, algo muy común desde que comenzamos nuestro viaje, pero el caso es que estos son enormes y no me hace ninguna gracia tenerlos delante con la baba cayendo, y con unos colmillos de tamaño cocodrilo apuntando a mi cara. Lo cierto es que nunca les había tenido miedo a los perros, pero en nuestro viaje anterior, estando en Perú y dando un paseo al amanecer por una playa, se me abalanzó uno y me pegó un mordisco, desde entonces, algo de respeto les tengo.

Observamos que viene una señora por el paseo marítimo con un perrito pequeño, y de repente, el macho se lanza sobre él y lo engancha, la señora no para de gritar y la escena es de lo más escalofriante, hasta que unos chicos consiguen sepáralo. Puff que mal rato.

Después de la siesta, una furgo aparca junto a nosotros, vemos que el tipo se está poniendo a gusto a cervezas mientras conversa por teléfono a toda voz. Después de media hora, Jose sale a fumar un cigarro, deja el teléfono y se pone de conversación con él, su nueva víctima es de carne y hueso. Acaba invitándonos a su casa a cenar. No quiero ni pensar la cara de la mujer después de estar todo es día con tres niños, si este le acude con invitados extranjeros. Mejor lo dejamos para otra ocasión, le dice Jose.

Seguimos rumbo sur. Las distancias en este país, son enormes y decidimos hacer otra parada en una playa en Badavut. El paisaje es maravilloso, parece que estemos en el desierto de Arizona, y sobre todo a la caída de sol, los colores tornan de unos dorados magníficos. Yo me alejo un poco para tener perspectiva del lugar y tomar unas fotos rodeada de una vegetación muy curiosa.

               

Desde lo lejos, veo a la policía acercarse hacia La Española con las luces encendidas. Intento por señas advertirle de que algo pasa, pero no termina de entender, lo que le digo.

  • ¡La poli Darling! –le grito
  • ¿Cómo?
  • ¡La poliiiii!

Este pega un salto de la silla y se acerca a ver que quieren.

  • ¡Darlinggg ! que nos tenemos que ir –me dice.
  • ¿y eso?
  • Porque hay unos insectos peligrosos dice la poli.

Veo que están de conversación, pero parece que algo no le encaja a la Jose. Si  hay un insecto peligroso ¿por qué no evacuan a toda la playa?

Al oir insecto y peligroso, me acerco a toda velocidad. Jose pide que por favor le enseñen una foto del insecto, pero lugar de un bicho le enseñan una flor que parece un lirio, ¡me parto!

Y por cierto, no nos tenemos que ir, soy yo la que tengo que salir de la zona “protegida” donde crece esta magnífica flor. Pero ¿cómo iba yo a saberlo?

El resto de la tarde, están entretenidos, echando a todo el mundo que está pisando la supuesta zona de lirios.

“ Señores policías, pidan al ayuntamiento que ponga unos cartelitos” así se pueden tomar la tarde libre.

Por suerte la noche es tranquila y por la mañana ya me encuentro mejor, con lo que ponemos rumbo a Ayvalik, un poblado pesquero que nos recomendó visitar Cecil.

De camino, paramos a llenar la despensa porque casi hemos acabado con la docena de huevos que nos vendió la señora del camino. De paso por una gran urbe hacemos parada y encontramos un supermercado que nos deja alucinados, Migros, no esperábamos estas grandes superficies tipo Carrefour en este país, sin duda otro de los indicios del gran desarrollo del país. Y a un precio más que aceptable, llenamos bien la despensa.

Volvemos a tomar una autovía que nada tiene que envidiar a las europeas y Jose pisa el acelerador a fondo.

  • ¡Darling reduceeeee, la poli! –le grito a Jose.

Cuando nos acercamos, vemos que es un coche de la poli de cartón, pero vamos que da el pego total porque hasta tiene las luces jajaja, vaya puntazo, sin duda con nosotros ha funcionado.

              

Hoy el día se ha despertado abrasador, por suerte hemos madrugado pero aun así se nota que el aire nos clienta la piel.

Dejamos la casa en un parking a la entrada del pueblo y caminamos por el puerto que nos conduce a la plaza, donde vemos un corro de gente que rodea a unos niños vestidos con trajes tradicionales y bailando danzas turcas ¡qué bonito!

               

              

Una vez finalizada la actuación, conocemos a Memet y a Malit, dos señores muy bien trajeados y que llevan tantas condecoraciones en la chaqueta que se les vuelca para el lado donde van enganchadas. Como ya hemos comentado en alguna ocasión, la comunicación en Turquía es complicada con lo que podéis imaginar el poder entender lo que estos dos señores  nos quieren contar sobre el evento, esto ya requiere un master y muchos meses en es este país.

Lo que entendemos es lo siguiente: que ellos son soldados veteranos que han dedicado su vida a misiones humanitarias y que la celebración es por el aniversario de la liberación de estas tierras turcas de Grecia, el gran enemigo que ha tenido este país y con el que todavía siguen de rencillas.

Después de intento de conversación con estos condecorados, nos adentramos en las callejuelas del pueblo pero el sol es implacable y las cuestas más todavía. Después de un par de horas de recorrido, visitando las mezquitas que en un pasado fueron antiguas iglesias ortodoxas y cuando ya lo chorrillos de sudor nos caen por la frente nos batimos en retirada.

              

              

¿Y ahora qué hacemos?

Lo más lógico sería buscar una playa donde poder ponerse a remojo. Cecil, nuestro amigo turco nos recomendó la Pissa Koyu, y añadió que el agua no tiene nada que envidiar a la de las maldivas.

Un camino polvoriento y estrecho por donde no paran de pasar coches en dirección contraria y a toda velocidad nos conduce a esta playa que parece ser de ensueño. Conforme nos vamos acercando vemos un paking petadísimo, no sé si me atrevo a asomarme a la playa.

¡Noooooo que horror! las aguas de las maldivas turcas están infectadas de domingueros, no habíamos caído, es domingo, de hecho no hay ni un hueco para aparcar a La Española y creo que no para meternos en remojo.

Antes de llegar a la playa, vimos un campo de olivos y unos cuantos coches que se habían instalado ahí para pasar el día, con lo que hacemos lo mismo y a 40 ºC intentamos echarnos una siesta.

En cuanto el sol empieza a caer, el hormiguero se despeja y conseguimos un buen sitio en primera línea de playa con unas vistas espectaculares, de hecho aquí vemos uno de los atardeceres más bonitos de nuestro viaje, maravilloso. Está claro que todo es cuestión de paciencia.

             

Por la mañana cuando amanecemos, sólo somos cuatro camionetas las que quedamos en el lugar, tres turcas y La Española.

                 

Pasamos el día con estos viajeros, Jose aprende a tocar un poco la balama, un instrumento turco parecido al laud y charlamos de la vida camper e incluso nómada en Turquía que parece se está poniendo de moda. Sin duda, este país tiene todos los ingredientes para dejarlo todo y vivir de paraíso en paraíso.