ESTAMBUL, UN PARAISO DE SENSACIONES PARA LOS SENTIDOS (20/05/2022)

Hoy es día de cruce de frontera, de cambio de país y nada más y nada menos que de cambio de continente, entramos en Asia por la puerta grande, Turquía.

El caso es que estamos bastante tranquilos, hemos dormido como troncos y hasta se nos han pegado un poco la sábanas, además, decidimos darnos una buena ducha, y hacer alguna compra antes de dejar el país. Sabemos que Turquía es mucho más barato que Grecia, pero aprendiendo de errores, es bueno cruzar con algo en la despensa por si la moscas.

Nos acercamos a la frontera sobre la doce del mediodía, y justo antes de entrar todavía circulando, un chico en bici se cruza con nosotros.

  • Yo creo que es español –me dice Jose.
  • ¿En serio? –le respondo.

La cola de camiones es interminable, así que decidimos pasar por el carril alternativo y justo antes de llegar a las garitas otra cola más llevadera nos hace frenar. En cuestión de minutos, se acerca Dani con una sonrisa de oreja a oreja a oreja, como todos los ciclistas que nos hemos cruzado siempre viajando, y esto lo admiramos, porque da igual que haga frío, calor, que haga un viento de mil demonios, los viajeros en bici son felices y transmiten ese buen rollo.

Dani es un chico de Barcelona que lleva la friolera de ocho años viajando en bici, ¡admirable! Como la cola va lenta, no da tiempo a charlar sobre nuestras aventuras viajeras, de hecho, él estaba en Perú cuando nosotros, pero en aquella ocasión, no nos cruzó el destino. Sentimos verdadera admiración por estos viajeros que sí que viven de una marera básica y además realizando un esfuerzo físico diariamente increíble.

¡Bravo Dani, un placer haberte conocido!

                                         

Y entre historieta e historieta, nos damos cuenta de que ya es nuestro turno, menos mal, porque está cayendo un solanero que nos estamos derritiendo.

Sin demasiado problema, excepto que he hecho una foto que uno de los guardias me obliga a borrar y la mala leche de una de las funcionarias, entramos al país, y por supuesto, nos inmortalizamos con Dani debajo de un panel enorme que pone “ Bienvenido a Turquía”.

Los minaretes de la mezquitas comienzan a brotar de la tierra y el escenario que tenemos delante nos muestra el nuevo país, el nuevo continente, estamos totalmente emocionados, porque se respira otro ambiente, se respira a Oriente.

Nuestro destino es Estambul, pero hay casi tres horas de viaje, por lo que decidimos apearnos a pasar la noche en un poblado donde una enorme mezquita preside el lugar. Descendemos por una calle que nos conduce al mar y allí pasamos la noche con el único sonido de los rezos que emiten sus minaretes.

Por la mañana temprano, ponemos rumbo a la gran urbe y ya en las proximidades, nos sorprende el ver cómo ha crecido, cientos de edificios aparecen delante de nuestros ojos mostrándonos un escenario que no imaginábamos ya que cuando visitamos el país hace la friolera de 17 años, nada que ver con lo que vemos.

Conforme nos adentramos en la ciudad, el caos comienza, coches, gentes cruzando la autovía que salen de la nada, y mucho ruido, por suerte el parking donde queremos quedarnos no está lejos y es cuestión de media hora el llegar.

A la llegada, vemos un lugar que no esperábamos para nada, a duras penas hay un lugar plano, la vigilancia es nula y el tipo que hay cobrando ha visto la oportunidad del día con nosotros, además, no hay ninguna caravana, lo cual nos hace dudar seriamente el quedarnos aquí.

De este parking, que todo hay que decirlo, estaba muy bien situado, nos dirigimos a otro que hemos encontrado en la aplicación ioverlander, cruzamos los dedos y vamos a ver qué pasa.

Cuando entramos, Estambul se estaba despertando y ya había caos, pero ahora, que el GPS se empeña en llevarnos por las calles más estrechas de la ciudad, la situación se complica y veo a Jose sudando al pasar por algunas cuestas, de las que baja gente en manada con carromatos portando todo tipo de objetos para vender en el mercado. Después de un buen rato, conseguimos llegar a nuestro destino y la decepción es casi mayor que en el lugar anterior; un lavadero de coches con parking adosado lleno de coches. Por más que negociamos, el precio son 12,5€, además nos han dejado bien claro que si queremos quedarnos, que nos decidamos pronto, en caso contrario, que nos vayamos, vamos unos chicos majísimos, y además chulos, como ventaja respecto al anterior, es que estos chulicos nos van a vigilar bien la casa.

Tengo que confesar, que otros viajeros nos habían recomendado el lugar donde ellos se quedaron, pero por despiste no lo había copiado y lo tenía en un mensaje se instagram, pero no tenemos internet, en fin, a veces pienso que somos un tanto desastres.

Como se nos han hecho las tantas, pensamos que lo mejor es quedarnos hoy aquí encajonados entre un centenar de coches, y como misión prioritaria, comprar una tarjeta SIM para poder buscar otro lugar.

Ya una vez liberados de La Española, y se que suena mal esto, pero conducir por aquí es todo un reto, salimos a explorar la ciudad con nuestra misión en mente.

Otro plus de este parking es que está bastante céntrico, y los principales bazares de la ciudad están casi a la vuelta de la esquina. Conforme avanzamos, las calles se vuelven un auténtico espectáculo, abarrotadas de gente y bullicio, de cuando en cuando aparecen algún coche que parece va a arramblar con todo el mundo en una de esas cuestas tremendas. Confiamos en que les funcionen bien los frenos.

              

               

Justo en una de estas calles, vemos una oficina de Turkish Telekom, una de las compañías de teléfono del país y allá que vamos para ver lo que nos pueden ofrecer. La chica que hay en el mostrador no habla ni papa de inglés, con lo que en un papel nos escribe 20Gigas, 20 €, 3 meses. Ya pero ¿se puede recargar la tarjeta si se acaban los gigas?, a través del traductor intentamos resolver algunas dudas, y lo que entendemos es que tenemos 20 Gigas para los tres meses y no se puede recargar… pues, esto no me dura a mí no quince días jajaja.

Por suerte, oímos una voz en inglés detrás de otro mostrador que está escondido, donde un muchacho explica a otro extranjero sus dudas. Le hacemos un gesto en plan desesperado y acude a nuestro rescate. este muchacho nos atiende de maravilla y parece que nos interesa la oferta que en realidad es 25G 20€ un mes y se puede recargar. No es barato, pero necesitamos tener internet, por desgracia nos hemos vuelto tan dependientes que es difícil vivir si este adictivo recurso.

Ya con internet y con el nuevo parking localizado nos adentramos en el bazar egipcio, donde los aromas, colores, sabores y el ambiente nos trasladan a otra época. Especias, tés, plantas curativas, joyas y mucho mas se puede encontrar en este laberinto de callejuelas donde todos los dependientes están a la caza del turista. Con nosotros lo tienen bastante difícil, pero por supuesto no nos negamos a probar todo aquello que nos dan.

Al salir por una de las puertas del bazar nos topamos de frente con una de la mayores mezquitas de la ciudad, es de nueva construcción pero imponente y conocida como Rustem Pasha Mosque. Junto a ella, decenas de puestos de plantas y animales atraen a los que por allí pasamos, es un mercado menos turístico y a penas vemos turistas, las mujeres con sus cabellos cubiertos se ven atareadas negociando los precios de sus compras. Y si hay algo que nos llama especialmente la atención, son  unos cubos llenos de babosas negras, que en realidad son sanguijuelas, muy utilizadas por aquí para depurar la sangre curar todo tipo de males.  Yo le propongo al manchego comprar un par pero no le convence meter esos bichos en La Española. El tendero, nos comenta que con treinta y cinco de estas chupándote la sangre, puedes considerante muerto, ¡qué horror!

               

Cada instante de nuestro recorrido es un espectáculo para los sentidos, y mi cámara está echando humo, el cambio al entrar a este país, ha sido tremendo y ya teníamos ganas de esto.

              

              

Seguidamente de la visita a este bazar, los puestos de comida aparecen ante nuestros ojos, algunos muy curiosos como el de tripas, que por cierto son muy típicas en nuestro pueblo, pero nos paramos en uno de Döner Kebab, Jose lleva diciéndome desde hace semanas que en cuanto entremos en Turquía, se va a devorar uno, y esa es la palabra cuando el camarero le sirve el más grande que hay en la carta.

               

Después de comer, damos un paseo por el Gran Bazar. Justo en un puesto de lámparas conocemos a Tarik, el propietario, y que por nuestra pinta enseguida cala que somos españoles, y que nos advierte que están a punto de cerrar, pero… si son ya las cinco de la tarde, se nos ha pasado el día volando. Tarik, tienen labia, habla perfectamente español porque ha vivido varios años en Alicante y nos recomienda varios lugares para visitar en Turquía.

De vuelta a nuestro acogedor parking, pasamos por la mezquita de Süleymaniye, la segunda más grande de todo Estambul, el sol ya está cayendo y desde los jardines, vemos una magnífica foto de la ciudad con la Torre Gálata al fondo.

               

Llegamos a nuestro “acogedor” alojamiento reventados pero el día ha sido increíble.

Por la mañana bien temprano nos levantamos con la esperanza de poder localizar sin demasiado problema el parking de caravanas que nos recomendaron, en principio, se encuentra a diez minutos en coche desde el actual, y tenemos la ventaja de que todavía no ha empezado el bullicio, parece que lo tenemos fácil. Pero como siempre en estas ciudades tan impredecibles, lo que parece fácil, se convierte en una aventura, en este caso por la altura de nuestro vehículo, hay un par de túneles que hacen que sea imposible nuestro paso, y por más que intentamos que el GPS nos redirija, no hay manera. Por suerte encontramos a un muchacho que parece quiere ayudarnos, pero el problema es que no habla nada de inglés, con lo que tanto Jose como él están hablando cada uno en su idioma, tengo mis dudas de si hay algún tipo de entendimiento.

Tomamos la dirección que nos dice y de repente vemos que vienen unas furgonetas de frente, y está claro que no cabemos los dos, ¡nos hemos metido por dirección prohibida! La estamos liando parda.

Como podemos, hacemos maniobras, conseguimos salir de esta y coger una avenida que nos conduce hasta nuestro destino con sudores en la frente. Decidimos tomarnos la mañana libre para descansar en el camping, pero algo perturba nuestra tranquilidad: el frigo no enfría, ¡que desastre!

Bueno, como ya sabemos, este tipo de cosas suele suceder. Los que vivimos en la carretera cada dos por tres tenemos algún incidente, pero que se rompa la caldera de agua caliente y calefacción en invierno, ya es tener mala suerte, pero hemos aprendido que lo mejor es reírse de la situación.

 Al medio día salimos en busca de un restaurante donde probar comida típica turca y nos topamos con uno que tiene buena pinta, además escuchamos español y decidimos instalarnos junto a una parejita de Málaga que están de vacaciones unos días por Estambul. Junto con ellos degustamos un magnífico Testi Kebab Karisik, una mezcla de diferentes tipos de carne, cordero, ternera y pollo con una salsa especiada y con unos aromas espectaculares cocinada en una tinaja que luego el camarero, con un poco de espectáculo rompe y te sirve en el plato. El chico lo hace francamente bien, y como hay unos cuantos españoles, comenzamos a vitorear, aplaudir y crear un ambiente francamente festivo alrededor de este típico plato turco.

Después de pasar un buen rato con estos chicos, recibimos un mensaje de Cecil, un chico turco con el que iniciamos contacto a través de las redes sociales, ya que él y su esposa tienen una caravana y les gusta mucho el mundo camper. A pesar de que vive a más de una hora de donde estamos, insiste en venir a vernos ¡que gente más maja!

Quedamos en el restaurante donde hemos comido y de ahí nos lleva a un local enorme con vistas al mar donde las familias turcas vienen a pasar el domingo y degustar una buena comida, a mí me recuerda a un salón de bodas. Con Cecil, no sólo probamos deliciosos dulces turcos sino que además nos da un itinerario de lugares para visitar en Turquía. Da gusto conocer gente así.

                

Después del atardecer volvemos a nuestro campamento para descansar, mañana queremos explorar más de Estambul.

Nos levantamos bien temprano para abordar el barrio de Balat, queremos coger el metro porque para evitar una hora a pié más luego todo el recorrido por el barrio. Cuando llegamos al metro e intentamos sacar un billete pero no hay manera, parece que tengamos una cámara oculta detrás, primero no entendemos nada y segundo cada vez que introducimos un billete, la máquina nos lo devuelve. De pronto, se nos acerca un tipo que quiere ayudarnos, aunque poca pinta tiene de ello. Nos ofrece una tarjeta que no nos convence para nada, por lo que la rechazamos, pero no hay manera de despegárnoslo. Hasta que Jose le pega un rebufo que este entiende perfectamente. Seguimos durante cinco minutos peleándonos con la máquina y pidiendo ayuda a jóvenes que vienen a comprar su ticket, la mayoría llevan demasiada prisa para prestarnos atención, y los que lo intentan tampoco lo consiguen. Decidimos largarnos y entonces vemos a un negro musculado y bien trajeado con el que hacemos el último intento, que resulta fallido a pesar de que este le pide ayuda al segurata que con cara de pocos amigos pasa olímpicamente de nuestras súplicas.

Después de media hora metidos en ese laberinto subterráneo lleno de zombis insensibles decidimos ir a patita.

Para llegar a este barrio, atravesamos enormes avenidas donde el tráfico, el gentío, las enormes carretillas para transportar mercancías forman un auténtico caos. En estos momentos, nos acordamos de las tranquilas playas de Grecia. Por otra parte, tenemos la diversión garantizada con cualquier cosa que hay delante de nuestros ojos: escaparates de lo más “elegantes” encima de un antro de comida para llevar donde la carta casi cubre los modelitos, gente de todas la razas y colores, vendedores ambulantes que ofrecen un tentempié y un sinfín de curiosidades.

Por suerte es cuestión de media hora el adentrarnos a una zona más tranquila y donde encontramos una mezquita Yavuz Sultan Selim que nos ofrece un momento de paz y calma. A la salida decenas de palomas rodean a Jose y este al moverse las hace volar, maravillosa escena.

             

Justo a la salida un puesto de fruta tan colorido como variado, nos despierta el apetito y compramos unas cuantas piezas, luego descubriremos que a pesar de que nos pareció barato, nos tangó bien el amigo.

Seguimos rumbo a Balat subiendo cuestas empinadas y vemos otra bonita mezquita, Hafiz Ahmet Paça con un jardín donde poder descansar y tomar la fruta. Conforme entramos en los jardines, vemos que las mujeres van cubiertas casi totalmente con el llamado chador, parece que esta zona es bastante más “conservadora”.

               

Veo que hay unos baños y me meto de cabeza sin darme cuenta que me he colado en el de hombres. Uno de ellos con un look también bastante tradicional, me mira como diciendo, ¿tú que haces aquí?

Salgo por patas, pero la curiosidad me hace meterme en otra situación más embarazosa. Desde fuera de la mezquita veo a cientos de mujeres dentro y le digo a Jose de pasar. Un niño nos hace el alto, prohibiendo a Jose el paso, ya que es la hora de rezo de las mujeres. Me cubro la cabeza y en la puerta que da al patio o sahn donde algunas mujeres se están lavando los pies, aparece una de ellas, con la que me uno para adentrarme, no puedo verle la boca, pero no para de hablarme a pesar de que no entiendo nada.

Cuando ya estamos junto a la puerta donde más de cuarenta mujeres esperan porque dentro está llena, esta me pregunta en inglés:

  • ¿Alemana?
  • No, española –le respondo
  • ¿Musulmana?
  • No –le respondo a secas sin dar más explicaciones.

En ese momento, esta hace un aspaviento retirando bruscamente mi mano de su hombro, el resto se queda mirando la situación y yo sólo quiero desaparecer.

Parece ser que como no soy musulmana, estoy sucia y no debo tocarla. Acto seguido me rodean y empiezan a preguntarme en su idioma, no entiendo nada, y verlas con la boca tapada me está rayando mucho e intento irme, pero un par de ellas me retienen con la mano, parece ser que a ellas no les importa tocarme. Entonces llaman a otra que está dentro y sale entre la muchedumbre… ¡tierra trágame!

  • ¿Alemana? ¿musulmana? –me pregunta la nueva
  • No –le contesto

Acto seguido hago un gesto con la mano diciendo que me piro, que me estoy agobiando mucho. ¡puffff!

Cuando salgo y le cuanto a Jose la movida, él me cuenta la suya, que aunque ha sido más llevadera, a él se le ha acercado un hombre preguntándole también si era musulmán, él ha intentado hablar de futbol pero no ha colado, y este ha seguido insistiendo en que debía leer el Corán y sobre el profeta. Unos días después Jose estaba descargando el Corán para leerlo, otra cosa no, pero obediente es.

                  

Seguimos ruta después de la  anecdótica visita a esta mezquita e intentamos llegar al barrio de Berat, que lo cierto es que está a la vuelta de la esquina. El contraste es tremendo, aquí nos hemos encontrado este panorama y dos calles después, decenas de turistas haciéndose fotos en escaleritas de colores con pintadas y grafitis en las paredes, restaurantes y cafés de los más vanguardistas y un ambiente muy occidental, esto algo que nos encanta de Estambul.

La catedral Patriarcal, de San Jorge, las sinagogas y las iglesias bizantinas son un testimonio del pasado cosmopolita de este barrio como punto de encuentro de las comunidades judía, griega y armenia.

               

A nosotros nos fascinan sus callejuelas con edificios tipo victoriano coloridos y donde mientras nos inmortalizamos, conocemos a Marta, una chica gallega que va acompañada de sus padres que ha venido a visitarla porque está aquí estudiando con una beca Erasmus.

Curiosamente, estas becas han ido cambiando destinos con los años y menos curiosamente a más económicos, recuerdo en mi época, a uno lo mandaban a Bélgica, años más tarde a Polonia y ahora Turquía, sin duda yo hubiera venido antes aquí que al país flamenco. 

Dejamos atrás este barrio y embelesados por los puestos callejeros, espectáculos de los vendedores de helados atravesamos medio Estambul.

             

Sin darnos cuenta la tenemos delante a la maravilla de la ciudad, si bien es cierto que teníamos prevista la visita para mañana, no podemos evitar entrar a contemplar tal belleza, uno de mis sueños desde que iba al instituto y estudié el imperio bizantino. La sensación es maravillosa, primero porque me doy cuenta de que los sueños cuando uno los persigue, se cumplen y segundo porque el lugar evoca un misticismo increíble y es un momento especial.

Esta magnífica construcción bizantina, sirvió como catedral ortodoxa desde 537 hasta 1453, cuando fue convertida al islam y pasó a hacer las funciones de mezquita.

Su exterior en tonos tierra y su enorme cúpula, la convierten en el edificio más emblemático de todo Estambul y su interior es espectacular, con mosaicos en tonos dorados combinados con el mármol gris oscuro de sus columnas y los medallones negros con inscripciones de ilustres personajes del islam son una auténtica maravilla.

               

Dejamos Santa Sofía para dirigirnos a otro fantástico lugar: el Puente de Gálata, el lugar que hemos escogido para ver la puesta de sol. Los pescadores en hilera lanzan sus cañas en el Bósforo y parece que no les va nada mal por los cubos llenos de peces que tienen junto a ellos. El sol está cayendo poco a poco y nos acaricia la piel junto con la brisa de este mar que separa Europa de Asia, Occidente de Oriente, y en ese preciso momento las mezquitas comienzan a sonar y sus siluetas se van acentuando a la caída del sol. Sencillamente es maravilloso, no podemos terminar el día con un mayor espectáculo que este.

            

           

            

Pero ahora hay que volver al campamento, hemos decidido volver caminando pero las cuestas son tremendas y después de todo el día de caminata estamos reventados, nuestra cama dará fe de ello, hoy hemos tardado segundos en dormirnos.

Amanecemos tarde y con ganas de una buena ducha, además la mía va a ser infinita que para eso la pagamos. Me deleito como una sirena en el agua,  pero en un momento que me agacho a coger el champú….

-¡Ayyyyyy! –grito a viva voz

-¿Qué pasa? –me  pregunta Jose que está en la ducha de al lado.

-Creo que me he partido la espalda.

Me ha pegado un tirón tremendo y apenas puedo ponerme derecha, los planes de hoy van a ser pocos, me quedo en la caravana tumbada y tomando antiinflamatorios que yo misma me he recetado.

Por la tarde llegan unos chicos franceses, Victor y Chloé, Jose los conoce mientas friega los platos y les cuenta nuestra aventura por América, ellos quedan entusiasmados y quieren compra nuestro libro, perfecto, poco a poco vamos sacando algo de dinerillo.

Mañana es nuestro último día en Estambul, el motivo principal es que el mecánico que puede arreglarnos el frigo sólo puede atendernos pasado mañana, con lo que espero estar algo recuperada.

Me levanto todavía con movimientos de ancianita, Víctor el chico francés, me ofrece un ungüento oriental que hace que me arda toda la espalda pero que va genial, con lo que por la noche me siento algo recuperada para una cena de viajeros en el campamento, donde conocemos a parte de los que allí están acampando que en su mayoría son franceses. Nosotros nos curramos unas tapitas y sacamos el chorizo y el salchichón de la despensa que causan sensación en el grupo, lo cual no me extraña.

Y llegó nuestro último día, aunque me encuentro algo mejor, todavía, darnos otro palizón por la ciudad, no lo veo conveniente, por lo que pasamos el día en el campamento, escribiendo, haciendo tareas que nunca hacemos y descansado. Pero después de la siesta, siento el impulso de volver a ver la maravillosa Santa Sofía. Me pongo ese mejunje y con la espalda a 50 ºC nos vamos de nuevo a ver la reina de la ciudad. Nos sentamos en un parquecito con la Mezquita Azul de fondo y el sol dejándose caer sobre ellas, maravilloso fin para nuestra visita a Estambul.